domingo, 30 de enero de 2011

Orangutanes y humanos comparten el 97% de sus genes


Los orangutanes comparten con el ser humano un 97% de sus genes, lo que les sitúa como unos parientes más lejanos de nuestra especie que los chimpancés (cuya similitud genética alcanza hasta el 99%). Así lo ha revelado el genoma del 'hombre de los bosques' ('Pongo'), como lo llaman en las islas que habita, realizado por un consorcio de internacional, en el que han participado más de 30 laboratorios de siete países, entre ellos varios españoles.
Este nuevo genoma se suma al ya conocido del macaco reshus, el chimpancé, los neandertales y el ser humano moderno y, según los expertos, es un nuevo hito científico que ayudará a conocer mejor nuestra evolución, aporta nuevos conocimientos sobre la investigación de enfermedades genéticas y, además, permite conocer mejor a unos grandes simios que están en grave peligro de extinción, lo que ayudará a su conservación.
Una de las novedades que revela el nuevo genoma, realizado al completo en una hembra llamada 'Susie', es que los cambios genéticos han sido mucho más lentos en los orangutanes que en los chimpancés o los 'Homo', algo que ha sido un sorpresa para los genetistas.
"Hemos comprobado que hay repeticiones de secuencias que se han activado y desactivado en nuestro genoma y que en el suyo no se han movido", apunta el jefe del grupo de Genómica de Primates del Instituto de Biología Evolutiva de la Universitat Pompeu Fabra (UPF-CSIC), Tomàs Marquès, uno de los españoles firmantes del artículo de 'Nature'.
El artículo no entra en la interpretación de este hecho, que podría estar relacionado con los pocos cambios en el entorno selvático en el que han vivido en Sumatra y Borneo, situación que está cambiando con ladeforestación brutal en ambos lugares. En todo caso, el genoma abre la puerta a futuros trabajos que revelen por qué los homínidos tuvieron, en un momento dado, una evolución distinta.
El genoma, en el que se han catalogado 13 millones de variaciones genéticas propias de los 'Pongo', revela también la diversidad entre los orangutanes de Borneo y los de Sumatra.

Dos especies en peligro

En concreto, desvela que ambos se separaron de un ancestro común hace 400.000 años y que en la actualidad hay más diversidad genética entre los de Sumatra (donde sólo quedan unos 7.500) que en los de Borneo (cuya población asciende a 45.000), un dato que podría servir para planificar nuevas estrategias conservacionistas.
Nuestra especie se habría separado hace 14 millones de años de la del orangután, una divergencia que con los chimpancés ocurrió hace seis millones de años, y con los que compartimos un 99% del genoma.
El equipo de Arcadi Navarro, de la Universidad Pompeu Fabra, se ha centrado comparar cambios en los cromosomas relacionados con graves enfermedades, como la 'cromosoma Filadelfia', mientras que el de Carlos López-Otín, de la Universidad de Oviedo, se ha centrado en genes relacionados con el cáncer.
Según este investigador, se ha comprobado que la presión evolutiva ha presionado sobre el sistema inmune y el reproductivo. De hecho, han comprobado que los orangutanes están protegidos genéticamente contra algunos cánceres que afectan a nuestra especie.
Investigadores de la Universidad de Viena, por su parte, han descubierto los genes implicados en la selección natural por la percepción visual y el metabolismo de los glicolípidos, que están relacionado con la evolución neurológica de los primates.

El código de los polluelos para conseguir comida cuando están hambrientos

Si un bebé tiene hambre, se asegurará de que sus padres se enteren. De la misma forma que el llanto será la forma más frecuente de expresarlo, los polluelos también emiten un sonido específico para alertar a sus padres de que ha llegado la hora de comer. Así lo asegura un equipo de ornitólogos alemanes y suizos tras estudiar a una colonia de la especie 'Ploceus jacksoni' en el Lago Baringo de Kenia.
Según esta investigación, publicada en la revista 'BMC Ecology', los polluelos hambrientos tienen un código propio para comunicarse con sus progenitores. Los científicos ya sabían que los pájaros pueden distinguir a sus crías por los sonidos que emiten, incluso si se encuentran rodeadas de muchas otras aves, lo que les facilita la tarea de identificarlos cuando regresan al nido con comida. Ahora han detectado que son capaces de interpretar en qué momento sus pequeños quieren comida y hasta qué punto están hambrientos.

Modulan sus llamadas de atención

Para llevar a cabo el estudio, sacaron temporalmente a los polluelos de sus nidos para instalar en ellos cámaras y micrófonos que grabaran su comportamiento y los sonidos que emitiesen.
Según explica Hendrick Reers, autor principal de la investigación, detectaron dos partes en las llamadas que realizan los polluelos de esta especie. Primero emitían un sonido parecido a un silbido y después, trinaban. Cuando no tenían hambre, las dos partes de la lamada eran ligeramente diferentes en función de cada pájaro, lo que permitía a las madres identificar a sus polluelos. A medida que van teniendo hambre, el volumen de su llamada también aumenta y se hace más enérgico.
Los investigadores afirman que las crías modificaban la duración, el tono y la amplitud de sus llamadas, trinando más y acortando los pitidos. Cuanto más hambrientos están, su llamada se diferencia más de las de sus compañeros.

A los niños también les importa el tamaño

De alguna manera los niños nacen ya sabiendo (o aprenden en sus primeros meses de vida) que la jerarquía es cuestión de tamaño. Entre los ocho y los 10 meses, los bebés que aún no saben pronunciar sus primeras palabras saben ya que los individuos más grandes son también los más poderosos.
Igual que algunas especies animales crecen y elevan su pelaje para imponerse a otros individuos, o como los reyes antiguos situaban sus tronos en una posición más elevada, los bebés relacionan de alguna manera la dominación social con la talla. Lo han comprobado investigadores de la Universidad de Copenhague (Dinamarca) en un ensayo con 144 bebés que acaban de publicar en la revista 'Science'.
Los bebés, con edades comprendidas entre los ocho y los 13 meses de vida, fueron estudiados mientras observaban en la pantalla a varios muñecos de distintos tamaños en una especie de competición.
Como a esas edades aún no pueden ser entrevistados, bromea Lotte Thomsen, los investigadores se fijaron en otros elementos para valorar sus reacciones; por emeplo, su sorpresa o el tiempo que permanecían 'enganchados' a las imágenes. Y para su sorpresa, cuando el muñeco más pequeño 'vencía' al grande en las imágenes, los niños se quedan mucho más tiempo mirando la pantalla que cuando, como ellos esperaban, era el grande el que salía victorioso.
Aunque como aclaran los científicos daneses, esa 'sorpresa' sólo se apreció a partir de los 10 meses, no antes, por lo que sospechan que los niños adquieren esa idea de 'dominación por el tamaño' probablemente entre los ocho y 10 meses de vida.
A su juicio, estos hallazgos permiten comprender mejor cómo los bebés aprenden rápidamente ciertas nociones que les permiten comprender el entorno social y cultural en el que se va a desarrollar su vida y aprender ciertos elementos abstractos de su mundo social.